Crecí en Buenos Aires, una megaciudad anarcotemporal, donde los negocios ni siquiera respetan los horarios de apertura que ellos mismos han decidido. Habituados a salir en busca de provisiones sin ningún prefijo horario, los habitantes de las grandes ciudades encuentran siempre de un local abierto (supermercados, estaciones de servicio, farmacias 24 hs., verdulerías de paso, drugstores, "kioskitos"...) donde pueden conseguir lo que desean: desde insumos para cocinar (nacionales e importados de todas las marcas) hasta ropa interior erótica de urgencia.
Lo mismo ocurre con los medios de transporte: uno tiene siempre a disposición trenes que pasan cada 5 minutos, millones de autobus, taxis y otros medios de transporte ad hoc peculiares del lugar, como las "combis" o los "remises".
Entonces en la ciudad uno se despreocupa de esas cosas. Llega un momento en que no atiende a los horarios, simplemente se olvida de ellos y los consulta para puntualizar los minutos de espera...
Pero, por esas cosas de la vida -digamos, el amor- tuve que tranferirme a un pequeño pueblito de la Vieja Europa, un reino perdido entre una historia Austro-Hungárica y la prepotencia eclesiástica del Concilio: Trento.
Transcurrida media vida en una gran ciudad, la experiencia se vuelve entre traumática y religiosa...pero esa es otra historia. En esta ocasión quiero hablar de ésto, del tiempo: de repente, como en un sueño (o una pesadilla) me vi llegando a los negocios cerrados en horarios y días impensables para una gran ciudad: lunes a la mañana, miércoles a la tarde, domingos a la mañana...las 7 de la tarde es el fin del mundo en estos lugar del Norte de Europa! Lo mismo ocurre con los medios de transporte: hay un autobus, un tren y nada más. Y pasan cada dos horas, con suerte...
Entre asombrada, deprimida, confundida, extrañada, traté de advertir alguna lógica en los horarios absurdos en que la vida, los ritos, las costumbres, las necesidades de esa gente transcurrían, pero no lo logré. Eso me generó obviamente una suerte de desesperación y ganas viscerales de huir a un lugar "vivo".
Sin embargo, la calma apacible del andar de la gente, sus modales felices, su mesura cordial, su estética pulida y perfectamente integrada con un paisaje de ensueño principesco y la arquitectura exquisitamente atemporal, me hacían desconfiar de mis necesidades inquietantes de escaparme a vivir la gran Madrid o hacerme un salto mortal a las voluptuosas calles de Shangai...
Una mañana, por curiosidad o resignación, decidí hacer el experimento de levantarme en el primer alba, en busca de leche fresca y pan recién horneado. Y tuve una revelación. Me dí cuenta de todo lo que éso significaba: preparación, planificación, espera...cuidado. Y descubrí que después de todo eso, las cosas tenían otro sabor (maravilloso, verdadero), porque eran hijas de una paciencia artesanal, de una cultura hecha de ritos y de espera.
Había entendido, por primera vez en mi vida, al borde de una morosidad en extinción y de un mundo antiguo, el sentido de las agujas del reloj.
Lo mismo ocurre con los medios de transporte: uno tiene siempre a disposición trenes que pasan cada 5 minutos, millones de autobus, taxis y otros medios de transporte ad hoc peculiares del lugar, como las "combis" o los "remises".
Entonces en la ciudad uno se despreocupa de esas cosas. Llega un momento en que no atiende a los horarios, simplemente se olvida de ellos y los consulta para puntualizar los minutos de espera...
Transcurrida media vida en una gran ciudad, la experiencia se vuelve entre traumática y religiosa...pero esa es otra historia. En esta ocasión quiero hablar de ésto, del tiempo: de repente, como en un sueño (o una pesadilla) me vi llegando a los negocios cerrados en horarios y días impensables para una gran ciudad: lunes a la mañana, miércoles a la tarde, domingos a la mañana...las 7 de la tarde es el fin del mundo en estos lugar del Norte de Europa! Lo mismo ocurre con los medios de transporte: hay un autobus, un tren y nada más. Y pasan cada dos horas, con suerte...
Entre asombrada, deprimida, confundida, extrañada, traté de advertir alguna lógica en los horarios absurdos en que la vida, los ritos, las costumbres, las necesidades de esa gente transcurrían, pero no lo logré. Eso me generó obviamente una suerte de desesperación y ganas viscerales de huir a un lugar "vivo".
Sin embargo, la calma apacible del andar de la gente, sus modales felices, su mesura cordial, su estética pulida y perfectamente integrada con un paisaje de ensueño principesco y la arquitectura exquisitamente atemporal, me hacían desconfiar de mis necesidades inquietantes de escaparme a vivir la gran Madrid o hacerme un salto mortal a las voluptuosas calles de Shangai...
Una mañana, por curiosidad o resignación, decidí hacer el experimento de levantarme en el primer alba, en busca de leche fresca y pan recién horneado. Y tuve una revelación. Me dí cuenta de todo lo que éso significaba: preparación, planificación, espera...cuidado. Y descubrí que después de todo eso, las cosas tenían otro sabor (maravilloso, verdadero), porque eran hijas de una paciencia artesanal, de una cultura hecha de ritos y de espera.
Había entendido, por primera vez en mi vida, al borde de una morosidad en extinción y de un mundo antiguo, el sentido de las agujas del reloj.